9 de Octubre 2019
TINA

El calendario que usamos hoy en día en casi todo el planeta lo debemos al papa Gregorio XIII, que a finales del siglo XVI lo instauró para homogeneizar las distintas celebraciones religiosas. Tanto tiempo llevamos haciendo borrón y cuenta nueva en enero que tendemos a olvidar años pasados. El 2019 está siendo un año magnífico para los activos de riesgo, pero si Gregorio XIII hubiese empezado los años en octubre, no habría tanto que celebrar, ya que en 2018 tuvimos un último trimestre nefasto.

¿Se puede repetir la historia? Tal vez (aunque lo dudamos). Se mantienen muchos ingredientes. Trump no ha cerrado la guerra comercial con China, el Brexit sigue inconcluso y la economía está mucho peor que entonces. Y se han abierto frentes nuevos. El polvorín de Oriente Medio lo es más desde que EE. UU. no necesita su petróleo. No ayuda que Trump haya reventado el acuerdo nuclear con Irán y que mientras Netanyahu prometa anexionarse parte de Jordania. En Asia no cesan las protestas en Hong Kong y la actitud de la India con la región de Cachemira extrema las tensiones con el vecino Pakistán.

Pero un ingrediente crítico ha desaparecido por completo. Los bancos centrales ya no están por la labor de normalizar la política monetaria. Hace un año, la Fed subía tipos mientras los mercados especulaban cuándo lo haría el BCE. Creemos que eso, mucho más que todo lo demás, fue el causante de las caídas bursátiles. Ahora estamos justo en el lado opuesto. Incluso el BCE, sin margen para mucho más, ha vuelto a reducir tipos y ha reinstaurado las compras de activos. El porcentaje de la renta fija en terreno negativo va de récord en récord. El mejor activo este año es un bono austríaco a 100 años. Que alguien esté dispuesto a aceptar un tipo de interés inferior al 1% durante ¡un siglo! habla por sí solo del entorno complicado en el que se mueven los inversores más conservadores.

Obtener rendimientos aceptables se hace impensable sin asumir riesgos hasta niveles que parecen poco razonables. Y es ahí donde la renta variable cobra fuerza, en relativo. Siempre que no haya recesión; eso es crítico y, aunque en Europa la desaceleración empieza a ser un tanto preocupante, seguimos pensando que no será el caso. Dado que el valor teórico de una acción hoy es el valor presente de todos sus flujos futuros, el entorno actual de tipos bajísimos debería suponer una expansión de los múltiplos a los que cotiza la renta variable. Incluso con una ligera contracción de beneficios las bolsas deberían subir. Podemos estar equivocados. Piensen en el escenario contrario. Imaginen una subida de tipos. La renta variable también lo haría mucho mejor que la renta fija –diversos sectores, como el financiero, cruzan los dedos para que pase–. Solo en una recesión grave uno estaría mejor aún en renta fija, y nos haría reconsiderar nuestro posicionamiento.

Pensamos que las carteras deben estar balanceadas, con liquidez suficiente para aprovechar oportunidades mejores, si alguno de los riesgos mencionados se materializa –no está en nuestro escenario base, por motivos que no caben aquí–. Pero por más que nos tiente recoger ganancias, conviene hacerlo con moderación: creemos que la renta variable tiene poca y mala alternativa. Entre los inversores cada vez es mas usual el acrónimo TINA (there is no alternative). Tal vez sea exagerado –no se debe asumir más riesgo que el del propio perfil de inversión–. Pero no mucho.

David Macià, CFA®
CIO Crèdit Andorrà Asset Management

ETIQUETAS

Análisis / Informe de estrategia