10 de Enero 2019
Montañas rusas

“No confíen en aquellos que dicen haber encontrado la verdad, sino en aquellos que continúan buscándola”, decía uno de los mejores inversores del siglo pasado. Permítannos, pues, que intentemos situar el contexto en el que nos movemos antes de especular sobre qué podemos esperar de 2019.

Les ruego que me acompañen medio siglo atrás. 1971. Richard Nixon abandona el patrón oro. En la práctica, significa dar vía libre a la Reserva Federal, que hasta entonces debía tener mucho cuidado con lo que hacía (dado que, de lo contrario, se arriesgaba a vaciar Fort Knox). Por otra parte, el dólar iniciaba un largo descenso. A los productores de materias primas, que cobran en dólares, no les hizo ninguna gracia. Quizás esto ayudó a que, dos años después, la OPEP decidiera iniciar un bloqueo de ventas a Occidente en represalia por la guerra del Yom Kippur entre Egipto e Israel, con lo cual el precio del crudo se disparó. No es hasta principios de los ochenta que se consigue frenar la elevada inflación que se derivaría de esta situación, cuando Volcker sube los tipos de interés hasta el 20%.

Esperamos un año volátil en los mercados financieros, pero el pesimismo actual parece desproporcionado

Lo anterior sirve para ilustrar dos puntos críticos para posicionarnos para este 2019. El primero es que desde entonces –y hace ya cerca de cuarenta años– los tipos de interés solo han tenido una dirección: hacia abajo. Es decir, hace cuarenta años que suben los precios de los bonos y las obligaciones. Para construir una cartera de inversiones robusta, capaz de resistir entornos de mercado complicados, es necesario tener muy en cuenta, pues, que una de las herramientas tradicionales para diversificar, la renta fija, sirve poco o mal. En segundo lugar, nos ayuda a poner en perspectiva hasta qué punto ha llegado la influencia de los bancos centrales en los mercados financieros, hiperactivos y omnipresentes desde que hace diez años Lehman quebrara. Ahora que dan marcha atrás, aunque muy tímidamente, es como si al coche que conducíamos le hubieran quitado los amortiguadores. La más pequeña piedrecita en la carretera provoca unas sacudidas desproporcionadas. Todo sube o baja a la vez.

Las inversiones más “tranquilas” o lo son solo en apariencia o bien no dan ningún rendimiento

2018 ha sido un buen ejemplo de ello. Nunca en los últimos ciento veinte años tantos activos habían acabado en negativo. De hecho, si tuviéramos que arriesgarnos en un único pronóstico para 2019, sería que la volatilidad ha venido para quedarse. De baches, ni faltan, ni faltarán. Pero es aquí donde toca inyectar un poco de optimismo. Parece poco probable que ninguno de los argumentos que atemorizan a los inversores tenga un mal final. Es mucho más factible que no haya Brexit a la brava y que Trump llegue a un acuerdo comercial con los chinos que no lo contrario. Por otra parte, hay desaceleración económica, pero no recesión a la vista. A pesar de ello, las bolsas casi han caído ya de máximos a mínimos, que es lo que suelen hacer cuando hay recesión. No hay mejor oportunidad de compra para los inversores pacientes que cuando reina el pesimismo. El precio que se paga, desgraciadamente, es que hay que asumir mucha más volatilidad. Las inversiones más “tranquilas” lo son solo en apariencia o bien no dan ningún rendimiento.

En 2019 todo parece apuntar a que los mercados continuarán comportándose como una montaña rusa. Hay tramos de subida, otros de caída, e incluso en algún punto nos podemos ver cabeza abajo, pero al final siempre se vuelve al principio, sanos y salvos. No es posible saber si no vienen más curvas, pero lo que sí es seguro es que es mucho mejor entrar después de una bajada.

Artículo publicado en catalán en la edición del “Diari d'Andorra” el jueves 10 de enero de 2019.

David Macià, CFA®
CIO Crèdit Andorrà Asset Management

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