16 de Octubre 2017
La “falacia de la ventana rota”

El escritor, legislador y economista francés Frédéric Bastiat, en su ensayo de 1850 Ce qu'on voit et ce qu'on ne voit pas (Lo que vemos y lo que no vemos), para ilustrar la idea de los costes escondidos –hoy más conocidos como costes de oportunidad–, propuso la conocida falacia de la ventana rota

Bastiat ponía el ejemplo de un niño que rompe el cristal de un comercio. En un primer momento, todo el mundo simpatiza con el comerciante, pero pronto se empieza a sugerir que el cristal roto beneficia al cristalero, que comprará pan con ese beneficio, lo que beneficiará al panadero, quien comprará zapatos y beneficiará al zapatero, etc. Finalmente, la gente llega a la conclusión de que el niño no es culpable de vandalismo, sino que ha hecho un favor a la sociedad, al crear un beneficio para toda la industria.

La falacia de este razonamiento, según Bastiat, consiste en que se consideran los beneficios del cristal roto pero se ignoran los costes escondidos: el comerciante está obligado a comprar una ventana nueva cuando quizás compraría pan, lo que beneficiaría al panadero. Al final, mirando el conjunto de la industria, se ha perdido el valor de un cristal. Llega Bastiat a la conclusión que «la sociedad pierde el valor de los objetos inútilmente destruidos» y que «la destrucción no es beneficio».

Los huracanes que han azotado EE. UU. y el Caribe o el reciente terremoto en México, con costes materiales millonarios, han llevado a ciertos expertos y economistas, como suele ocurrir cuando se producen estos desastres, a ver un efecto positivo en la economía, pues los gastos gubernamentales de reconstrucción y los pagos de seguros a las víctimas provocarán que éstas gasten ese dinero en la economía, que generará nuevos empleos, pondrá a trabajar factores de producción, etc.

Pero, ¿qué nuevos productos o servicios podrían haber producido estas personas si no hubieran tenido que sustituir estas cosas? La economía en su conjunto pierde cuando el capital debe ser gastado dos veces en las mismas cosas. Nada nuevo, ninguna riqueza real, ha sido creada. Reemplazar bienes ya producidos es siempre un gasto, y resta, nunca suma.

Imaginemos que una mañana nos despertamos y, camino del trabajo, descubrimos que sobre nuestro coche ha caído un árbol y lo destrozado. ¿Alguno de ustedes saltaría de alegría pensando en la indemnización de su compañía de seguros? La compensación recibida no nos permitirá comprar un coche nuevo, tendremos que comprar uno de segunda mano (ya producido) o reducir nuestro consumo en otros bienes para poder adquirir uno nuevo. Todo lo que ahora se puede hacer es restaurar el capital que fue destruido. Además, la compañía de seguros deberá reducir sus reservas para indemnizarnos, reduciendo su capacidad de inversión, contratación, etc. y no es descartable que, por no guardar nuestro coche en un garaje, nos suba la prima anual, reduciendo nuestro poder adquisitivo. 

La economía en su conjunto pierde cuando el capital debe ser gastado dos veces en las mismas cosas 

Las pérdidas causadas por huracanes, terremotos, incendios forestales y otras calamidades son graves desgracias que, obviamente, hacen a la sociedad más pobre. La mayor destrucción que deja uno de estos desastres naturales es el recurso insustituible de vidas humanas. Grandes sumas de dinero se gastarán para reparar y reconstruir, pero la sociedad seguirá siendo más pobre tras los daños causados. Cada céntimo gastado en limpieza y reconstrucción es un importe que podría haber sido invertido en otros medios y contribuir a generar riqueza.

En cambio, tiene que ser gastado para reemplazar lo que se perdió. Si alguna vez se sienten tentados de olvidar a Fédéric Bastiat, no se preocupen: el ex-secretario del Tesoro estadounidense, Larry Summers; el presidente de la Reserva Federal de Nueva York, William Dudley, e incluso el premio Nobel Paul Krugman también lo hacen, y además lo hacen convencidos.

Alfredo Álvarez-Pickman
Economista jefe Banco Alcalá

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