24 de Enero 2017
Bolas de cristal: perspectivas para 2017

Creemos que el año tendrá dos partes. Debemos intentar aprovechar una primera en la que los activos de riesgo se benefician de mejores perspectivas macro y expectativas de política fiscal expansiva, sin olvidar que los bancos centrales han agotado la capacidad de protegernos si algo se sale del guión.

Como cada nuevo año el sector desempolva las bolas de cristal para intentar adivinar qué nos depararán los mercados financieros. Bolas que han estado siempre un poco estropeadas. Sin ir más lejos. Pocas adivinaron el Brexit; menos aún fueron las que apostaron por la posibilidad de que Trump fuera el próximo presidente de los Estados Unidos. Nuestra bola tampoco estuvo atinada en ambos casos, aunque al menos sí supimos desdramatizar y añadir riesgo a las carteras en ambas ocasiones. Creemos que es ahí donde debemos ser útiles.

Sabemos que no podemos predecir el futuro –es imposible y no existirían los mercados financieros, de no ser así–. Nos concentramos en preparar las carteras de nuestros clientes para aprovechar las circunstancias, resistir mejor los imprevistos y entender qué sucede y por qué para poder reaccionar adecuadamente. Vaticinar qué nos depararán los mercados este 2017 tiene, pues, mucho más de arte que de ciencia. Pero como dice Woody Allen, “me interesa el futuro porque voy a pasar en él el resto de la vida”. Así que intentemos adivinar por dónde pueden ir los tiros (a grandes trazos, eso sí. Como decía Keynes, “prefiero estar aproximadamente acertado que precisamente equivocado”).

Apostamos por que el año tenga dos partes. En la primera, la reacción de los mercados a la victoria de Trump tendría continuidad. Quieren creer los inversores que ante el agotamiento de la política monetaria, el expansionismo fiscal que Trump pregona tomará el relevo. Lo cierto es que la promesa llega en buen momento. La economía americana se acerca al pleno empleo, y salarios e inflación parecen repuntar tímidamente. Eso justo cuando la OPEP se ha conjurado para intentar un rebote del precio del crudo (algo tendrá que ver que Arabia Saudí está preparando la salida a bolsa de Aramco). Por el lado emergente China sostiene el PIB a golpe de decreto, mientras Brasil y Rusia parecen recuperar aliento.

Lo anterior debería permitir a la Fed intentar alguna subida de tipos adicional. Incluso el BCE se ha atrevido a reducir el ritmo de expansión de balance (a la vez que extendía el plazo de las compras, que listos son). Creemos que ninguna de las elecciones previstas en Europa este año deberían ser un problema, por lo que el terreno parece abonado para que los inversores abandonen el pesimismo previo y sean un poco más amables con la renta variable, mientras reducen la duración de sus carteras de renta fija.

El problema es que el mundo sigue nadando en un mar de deuda, aguas pantanosas en las que es difícil avanzar. La economía americana lleva ocho años de expansión (más cerca del final que no del principio del ciclo, y no se olviden que los ciclos siguen existiendo). Trump promete estímulos que seguro ayudarán, pero no serán la panacea (el Partido Republicano promulga abstinencia gubernamental, y no dejará que el déficit se dispare). Las valoraciones de partida en las bolsas tampoco son ningún regalo, y los múltiplos se suelen comprimir cuando repunta la inflación. Aunque calculemos mal, si acelera la economía mundial, vendría acompañada de un rebote del dólar y de los tipos a largo plazo, que la frenarían otra vez.

Creemos que no es todavía momento de preocuparse, pero si se dispara el optimismo, tocará redoblar la prudencia. Los bancos centrales han agotado casi todo su arsenal y parece muy difícil que pudieran contener los nervios en caso de que algo se salga del guión. Toca nadar, pero sin olvidarse el bañador. Como aconseja Warren Buffett, cuando baje la marea, que no se nos vean las vergüenzas.

David Macià, CFA®
CIO Crèdit Andorrà Asset Management

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